NECESITAMOS VOLVER A VER EL DEPORTE FUTBOL CON LA CERTEZA QUE VAMOS A VER DEPORTE Y PODEMOS IR CON NUESTRAS FAMILIAS O AMIGOS SIN TEMOR A QUE PASARÁ….. ¿ES FACIL REVERTIR LA VIOLENCIA SOCIAL QUE NOS RODEA? NO!!! PERO TOD@S JUNT@S , CADA UNO DESDE SU LUGAR PUEDE APORTAR Y EXIGIR CAMBIOS … COMPARTIMOS ESTA INVESTIGACION SOBRE EL FUTBOL EN LATINOAMERICA ,TOMANDO SERIAMENTE ESTA TEMATICA SEGURO QUE PONDREMOS FIN A UNA SITUACION QUE LA MAYORÍA RECHAZA TOTALMENTE Y ALGUNOS POCOS LAS GENERAN …..

FÚTBOL, BARRAS Y VIOLENCIA
MARIO ORTEGA OLIVARES
Universidad Autónoma Metropolitana. Xochimilco

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1. DEPORTE Y VIOLENCIA
La agresividad es considerada como algo intrínseco a las prácticas
deportivas, los entrenadores la promueven como un valor positivo
entre los jugadores. Pero no se debe confundir ni la agresividad ni la
violencia con la delincuencia, pues esta última implica la comisión de un delito. La violencia se refiere a una forma de actuar donde el
individuo se deja llevar por la ira lo cual no necesariamente implica la infracción de la ley.
Los hooligans destacan por su agresividad. Sin embargo representan
sólo son una minoría entre los aficionados británicos. La violencia no es nueva en el fútbol inglés, la práctica de pegar a la pelota sólo con los pies buscaba que los jugadores no riñeran con los puños.
La violencia de los hooligans no se puede atribuir sólo al consumo de alcohol, pues no todo beben antes de pelear y no todos los que se
embriagan participan en las riñas. Arthur Hopcraft (1965) enumera
una serie de factores que generan la violencia futbolística en
Inglaterra: las riñas entre jugadores que desatan la confrontación entre los espectadores, el gusto de los fanáticos por pelear y destruir, la distribución espacial de los estadios y el resentimiento social de los aficionados. La violencia en el fútbol es un vehículo para que los adolescentes desfoguen las presiones propias de su edad, como la dependencia familiar y del inminente riesgo de llegar a la edad adulta, que para ellos es algo peor que una condena.

2. IDENTIDAD Y DESEMPLEO
La condición juvenil latinoamericana es de crisis, desempleo y
depresión salarial. Los jóvenes abandonan con frecuencia la escuela
para ingresar en alguna actividad temporal de bajos ingresos, y
dependen para sobrevivir del jefe de su familia. Tienden a cometer
robos, por ejemplo el titular de la Secretaría de Seguridad Pública del Distrito Federal informó que el 12 por ciento del total de detenidos en 2007 fueron menores de edad, es decir 5 mil 806 jóvenes. La participación de los adolescentes destacó en robos a cuenta habientes con un 33.3, de teléfonos celulares con un 27.8 y en el tren metropolitano con una tasa 33.3 por ciento.
La crisis económica y el llamado “baby boom” han clausurado el
acceso de los más jóvenes a un puesto de trabajo formal. Las familias
concentran sus escasos recursos en los más débiles como niños y
ancianos. El apoyo a la identidad juvenil ofrecido por la familia, la
escuela y el empleo se ha desdibujado.
Con coros de trasgresión y las fintas rituales de ferocidad, los jóvenes fanáticos evaden el entorno social adverso. Los rituales en el estadio proclaman su superioridad en la coyuntura y reafirman su identidad con los colores del equipo.
Como la megalópolis neoliberal condena a los jóvenes al vacío del
anonimato, ellos construyen una “identidad-tifossi” (así se denomina a los fanáticos del fútbol italiano por virulentos). Identidad edificada sobre la negación del estatuto humano a los miembros de la barra rival, quienes se transforman en cosas o animales salvajes que se pueden violentar sin remordimientos.
Los estereotipos futbolísticos tienden a codificarse como identidades negativas. En los encuentros de fútbol el mecanismo de identidad es binario, unos colores victoriosos serán reconocidos, otros enfrentarán el fracaso. La palabra “hincha” se deriva de hinchar, porque el aficionado exagera sus emociones con la esperanza de vencer.
De una demarcación dualista, cognitiva y ritual tratan estas tres
hipótesis etnológicas: a) el fútbol promueve la división del mundo en
amigos-enemigos a través de símbolos; 2) paralelo al encuentro en la
cancha ocurre un enfrentamiento ritual entre amigos y enemigos que puede llegar a la violencia; y 3) el estadio no sólo alberga a los
jugadores también es el marco de la conmemoración ritual entre los
adversarios (Dal Lago, 1990: 30).
El amor a los colores del equipo parece ser la razón de ser de las
barras bravas, pero lo que las mantiene cohesionadas es un mecanismo de diferenciación negativo, es el reconocerse como adversarios de los otros equipos, a quienes niegan y consideran por definición ilegítimos.
Sus lazos se amalgaman mediante actos espectaculares y performáticos de violenta agresividad hacia los “otros” hinchas. Están seguros de que la barra rival no tiene la estatura suficiente para ser un verdadero rival, de entrada está simbólicamente derrotada aún en el caso de que su equipo pudiera triunfar en el pasto.
Para los tifossi la violencia es un elemento central en la estructuración de sus relaciones sociales, “reproduciendo representaciones, códigos y estilos de vida, a veces como protección a las hostilidades de nuestro
tiempo” (Máximo, 2003: 47).
Al formar parte de una barra el “yo individual” del joven es
subsumido por el “yo colectivo”, que piensa y actúa en forma alterna.
La identidad-tifossi organiza su espacio-tiempo y le otorga una cultura diferencial con sus propios códigos, símbolos, cánticos, rituales y ceremonias. En su barra el adolescente puede oponer energía a la pasividad individual de la sociedad de masas, construyendo una alternativa de resistencia. La disputa con los adversarios en el estadio les permite gozar la fisicalidad de las experiencias, interactuar con fuerza al golpearse, codearse y beber con la consecuente segregación de estimulante adrenalina.

3. DESPOSEIDOS
Al analizar la composición social de las bandas de hooligans ingleses
diversos estudios coinciden en que sus integrantes son adolescentes
que pertenecen a las capas bajas de la clase obrera, trabajan como
aprendices en alguna ocupación manual que no requiere gran
calificación o son desempleados; cuentan con un nivel académico bajo y pueden haber sido expulsados de la escuela. En tanto proletarios comparten la desposesión de propiedades al seno de la sociedad inglesa que venera el éxito económico. “Para muchos adolescentes de la clase obrera, el club de soccer se convierte en su posesión su propiedad en el sentido amplio de la palabra” (Roadburg, 1980: 273).
Por fin cuentan su propio equipo de fútbol, algo que defender.
La prensa amarillista califica a los hooligans como el terror de las
grandas, les lanza el estigma de bárbaros por alterar lo establecido y
portar atuendos extraños; herejes por impugnar al autoridad; salvajes por violentos; y primitivos por su inmadurez. Gamberros que se comportan como animales o peor que animales en busca de la sangre y la destrucción. Discurso negativo que a fuerza de ser escuchado termina por ser adoptado entre los aludidos.
Los jóvenes con su comportamiento alternativo o salvaje buscan
obtener autonomía e identidad propia, en una sociedad neoliberal que induce homogeneidad y docilidad. Las culturas juveniles aparecen como la rebeldía para la renovación. Los integrantes de las barras son personas normales, que gustan del fútbol y los boletos baratos vendidos por los capos. Van al estadio atraídos por la diversión, la bebida, la excitación del juego, el placer de la violencia. El gusto por la agresión y la violencia simbólica o física entre los socios de las barras puede convertirse adicción a la adrenalina que genera la violencia en el estadio, no el balde la barra del equipo de fútbol Monterrey se autodenomina “La Adicción”.
Cuando Otto M.J.Adang (1999) analizó a los hooligans con técnicas
etológicas, descubrió que en 1997 la conducta de los hooligans en el
fútbol se volvió más violenta y desbordó a los estadios. Al tiempo que el proletariado inglés resentía los efectos más adversos de las reformas neoliberales, tras la derrota de las centrales sindicales laboristas.

4. DESENCANTO JUVENIL
Vivimos en la “era del vacío” donde la identidad de los adolescentes
debe adecuarse a un modo de control social emergente distinto al que predominó en la década de 1950. Para Jean Braudillard (1990: 84) es otra visión del mundo, una lógica de la aceleración de lo vacío donde la identidad es una forma de integración simbólica y un tipo de sujeción hegemónica a los designios del poder. Hay tal vaciamiento político de los jóvenes en tanto sujeto sociales que no pueden alcanzar una autonomía como sujetos.
Ante la crisis de los paradigmas y el derrumbe del estado benefactor,
los jóvenes se refugian en barras y otras culturas urbanas que expresan sus necesidades sociales pero no llegan a resolverlas. Las gradas del estadio son una especie de foro teatral, donde la violencia representa la resistencia ritual de los jóvenes a su falta de opciones, a veces como comedia agresiva y en algunos casos como tragedia violenta. Las barras juveniles son espejos deformantes de una sociedad que fue vaciada por las reformas neoliberales.
Las gradas son una arena dramática que simboliza la sociedad del
desencanto, donde la violencia es resultado de la indiferencia ante lo
real y el vacío de una cultura, que pregona el individualismo y el
placer egoísta de vivir el presente con intensidad. Hoy la juventud no tiene nada que esperar ni valores que merezcan ser apoyados, vuelca sus voluntades y anhelos en el fútbol para compensar su frustración, las barras son una forma distorsionada de resistencia al vaciamiento neoliberal. Se estimula una violencia “hard” sin proyecto, sin ambiciones “donde hay una desproporción entre riesgos y beneficios, entre un fin insignificante y medios extremos” (Cajueiro, 2003: 77). Los jóvenes adolecen de una conciencia colectiva y viven atrapados a una sociedad de consumo donde lo único que interesa es el individualismo.
La reestructuración neoliberal y la despolitización concomitante han fragmentado las sociedades de masas en múltiples y pequeños grupos que se agrupan alrededor de algún producto de la industria cultural, como ocurre con las barras seguidoras de los clubes de fútbol. Estas barras son una expresión de la cultura juvenil urbana.
Las barras, los darks, los eskatos, los punks y los emos, a pesar de sus diferencias simbólicas comparten la ausencia de proyectos, sus
esfuerzos por diferenciarse de la generalidad, la construcción de un
lenguaje y una ética particular. La pobreza generalizada en la Ciudad
de México, ha debilitado la eficacia de las estrategias de supervivencia entre las familias de recursos medios y escasos. Las bandas les ofrecen una asociación defensiva para encarar las penurias cotidianas de una economía neoliberal hostil. Y conductas innovadoras –algunas ilícitas- que les ofrecen ingresos para completar la reproducción familiar. En la tribu los más jóvenes aprenden a sobrevivir a cualquier precio por las buenas o por las malas. La banda es un grupo que se refugia en los intersticios, que se forma de manera espontánea y se cohesiona alrededor del conflicto. El comportamiento colectivo agresivo, violento y las escaramuzas simbólicas ofrecen una nueva tradición y un espíritu de cuerpo. Los muchachos responden a la hostilidad neoliberal y al anonimato que los despersonaliza, con la tribalización y con la fisicalidad a veces agresiva, del choque de cuerpos durante los forcejeos en el estadio. Estas bandas se constituyen por lo regular con jóvenes masculinos de entre 12 y 24 años. El periodo de adolescencia social que solía ser breve, ahora se está prolongando ante la falta de oportunidades para los adultos jóvenes, fenómeno conocido como la “moratoria” de la edad adulta.

5. FUTBOL Y COTIDIANEIDAD
Los estudios sobre la violencia de los hooligans han mostrado que el
fenómeno no sólo se ha incrementado sino que se ha expandido. Un
sábado típico de fútbol en Inglaterra comienza en el bar del barrio,
sigue en el tren o en el autobús donde se retroalimenta el espíritu
combativo. Cuando se acercan al estadio los hooligans toman las
calles y confluyen para integrar una marcha ritual.
El punto focal del encuentro, viene y va entre la cancha donde ocurre el encuentro entre jugadores y la lucha simbólica por el predomino entre las barras. El encuentro dura noventa minutos, pero la jornada futbolera se extiende a lo largo del día. El estadio de fútbol se transforma en un campo de guerra para evitar que ocurra en la sociedad. La violencia estalla como espectáculo en las gradas del estadio, en las calles que lo rodean y en los choque rituales con la
policía, pero que se encubre bajo el discurso de la normalidad
rutinaria. En el mundo hispanoamericano los hombres se desentienden de hogar y familia para jugar, beber y hablar de fútbol. Las vicisitudes del encuentro sabatino en el estadio ofrecen temas de conversación para toda la semana. El buen aficionado sigue día a día los acontecimientos futbolísticos, negocia sus tiempos y ritmos laborales para asistir a tiempo al estadio, altera la vida en el hogar y destina parte del gasto en los festejos antes, durante y después del partido sin importar lo que le ocurra a la familia. Ignoramos a las llamadas “viudas” del fútbol, discutimos, denostamos y elogiamos lo ocurrido en las canchas, en los campeonatos o el desempeño del técnico nacional. No todos los aficionados juegan fútbol, ni todos asisten al estadio, pero todos lo viven al discutir sobre el tema. “Vivimos hablando, sea como sea, de él y de sus avatares […] Ejemplo: hay un penal en la cancha. De acuerdo a nuestras simpatías, lo consideramos legítimo o ilegítimo. Lo discutimos inmediatamente y más aún: lo seguiremos discutiendo frecuentemente. Esa discusión o, más simplemente, esa aceptación o
negación verbal, le otorga valores de sentido a dicho penal”
(Antezana, 2003: 87).
La barra cuenta con un discurso ritual que fortalece e integra al grupo alrededor del mismo interés y pasión, que lo mantiene cohesionado.
Un discurso cargado de alusiones crípticas y sobreentendidos que sólo el fanático entiende y se refuerza por los cronistas de la fuente. Los propios jugadores además de jugar en la cancha son elicitados por los medios de difusión a verbalizar sobre su desempeño y el de sus competidores, por lo que el encuentro continúa fuera del estadio en la prensa y la televisión.

6. DESEO DE SUPREMACÍA
Bajo el neoliberalismo el fútbol se ha convertido en un lucrativo
espectáculo que genera violencia intergrupal. Los equipos rivales
concurren al encuentro para “competir por prestigio, honor y, cada vez más por dinero” (Villena, 2003: 21). Se juega para derrotar al equipo contrincante, para alcanzar la victoria y gozar la humillación del vencido. El jugador entra a la cancha con la expectativa de una
victoria que desate la orgía agresiva y frenética de la barra, o asumir
en soledad la vergüenza de la derrota. El enfrentamiento entre las
barras de aficionados sigue la lógica partisiana de lanzar todo tipo de
estigmas al adversario para desvalorizarlo. Se arremete contra la otra barra con la expectativa de influir sobre el resultado del encuentro futbolístico.
Tras psicoanalizar al capo o líder de una barra brava, Roberto
Maniglio (2007: 207) cuestiona el carácter inconsciente de la
violencia en el fútbol. La meta última representada en la mente de los hooligans, es conquistar por la vía de la violencia una supremacía sobre sus contrincantes, para que sean reconocimos como los amos del barrio. El afán de supremacía y reconocimiento evoca el deseo de poder característico de los grupos totalitarios, que humillan a los débiles para sentirse superiores. Aunque en la práctica tales triunfos sólo tienen sentido para ellos, en su imaginario les permiten encubrir su complejo de inferioridad.
En su ansia de notoriedad las barras anhelan ser reconocidas por los
medios aunque sea como ejemplo contrario. A pesar de las críticas, los hincha más violentos alimentan la esperanza de verse en la televisión golpeando espectadores y transeúntes. También se crítica al fútbol y al deporte en general por cumplir funciones ideológicas de apoyo al orden imperante, en consonancia cada gol que se anota en las canchas sería un auto-gol contra los dominados.

7. VIOLENCIA RITUAL
Se supone que en la lucha por la supremacía entre las barras,
predomina la violencia práctica sobre la violencia simbólica. Pero
algunos autores señalan que la violencia de estos grupos tiende a ser
más ritual que corporal. Las disputas entre barras tienden a ser más
bravatas que enfrentamientos violentos.
La ferocidad de las barras futbolísticas es una metáfora críptica de la
sociedad, un espejo demasiado realista de un México donde imperan
las carencias. Su agresividad no es fruto del azar, “sino el producto de una óptica interna según la cual la sociedad expresa sus
contradicciones e intenta suprimirlas en sectores localizados y las ve resurgir en otros lados bajo nuevas formas” (Monod, 1970: 313-314).
El fútbol puede analizarse desde la perspectiva de los rituales de
rebelión, pues como diría Georges Balandier (1994) el supremo ardid del poder es impugnarse ritualmente para así consolidarse con mayor eficiencia. El fútbol se transforma en ritual al romper la cotidianeidad en un tiempo y en un espacio determinado. Cuenta con unos marcadores de entrada y unos de salida, desde que se lanza la moneda al aire para iniciar el partido, cuando el aficionado se transforma en un virulento tifossi; hasta que el momento en que el silbato del árbitro finaliza la representación del drama. Un gol marca el clímax ritual del encuentro como una metáfora machista de la culminación del coito. El conjunto de rituales, cánticos, símbolos, expresiones y el tótem de las barras conforma un tipo de cultura juvenil conocida como la subcultura del hincha (Villena, 2003: 23).
Todo hincha está convencido de que su equipo tiene una oportunidad de ganar, siempre y cuando reciba el apoyo de su barra de fanáticos con coros y coreografías. Por ello estimula a sus jugadores y desanima a los contrincantes. La influencia del apoyo de los hinchas se manifiesta en la llamada “ventaja del equipo local”, cuando el coro de aficionados en el estadio está a su disposición, obligando al árbitro a no provocar a la muchedumbre. Pero eso los jugadores deben salir a la cancha del rival ignorando lo que ocurre en las gradas.
El entusiasmo se desborda cuando el equipo gana, pues los tifossi
atribuyen la victoria al apoyo desplegado, por tanto también son
vencedores. El fútbol en cuanto espectáculo es una arena pública, un
escenario de dramas simbólicos donde se construyen identidades
comunitarias. Como su poder simbólico permite a los hinchas expresar sus afectos, angustias, inhibiciones y pulsiones, crea la ilusión de la existencia de una comunidad fraterna alrededor de los colores del equipo, una “communitas irreal” donde confluyen individuos con desiguales intereses económicos y sociales. Ese “sentimiento comunitario de las barras refuerza la cohesión social mediante el conjuro catártico de las fuerzas disgregantes, a la manera de otras celebraciones festivas, como los carnavales” (Villena, 2003: 29).
El estadio es como una pirámide invertida, los empresarios negocian
en los palcos y ven el partido por el televisor, la clase media se ubica
en la cómoda sombra. Los pobres quedan cerca del cielo prometido y lejos de la cancha pero en el centro de la acción (Fábregas, 2001: 272-
273). Como diría Vicente Verdú (1980) el fútbol-espectáculo como
ritual cuenta con un templo, un escenario, sacerdotes, sabios, héroes, mártires, victimas y victimarios.
En el estadio la emotividad se aleja de la racionalidad, el fútbol es un
complejo ritual que incluye dos subprocesos uno en la cancha y otro
en las graderías. La disputa entre barras corre paralela al juego en
cancha, se manifiesta principalmente como enfrentamiento ritual pero puede llegar a la agresión. En todo partido hay tres actores, dos
combatientes y un testigo que polemizan. Los jugadores ofrendan sus tiradas y el público los retribuye con su admiración. Durante el drama ritual los actores despliegan y definen preguntas y respuestas acerca de su identidad o pasión por el equipo. En la disputa se busca la reafirmación propia, se construye una auto-imagen que sea
reconocible por los “otros”, a quienes se denigra o se aprende a
respetar. El enfrentamiento ritual parece tener una secuencia, cuando es disturbada, “esto es si la agresión no puede ser expresada de manera ritual, estallará en una forma no ritual o violenta” (Roadburg,
1980: 267). La imprudencia de un árbitro, un desliz de la policía, o la
escasez de cerveza pueden alterar a los tifossi y desatar el conflicto.
Los hinchas perciben mala intención en toda acción de sus oponentes,
aun cuando ella no exista. Reaccionan con odio y rabia pues se
consideran victimas inocentes del injusto árbitro o del intimidante
policía. En la psicología de la multitud todos los “otros”, desde el
árbitro hasta el vendedor pueden volverse blancos de agresión de las barras.
El fútbol atrae a las masas por ser una vía de ascenso social. Un
humilde personaje nacido en lo profundo de la favela. Puede
convertirse como jugador en un hombre de éxito y gozar de fama
olímpica. En el fútbol latinoamericano la epopeya deportiva se integra con la epopeya del ascenso desde el fondo del espectro social. La pasión por jugadores como Pelé “no es otra cosa que una de las formas que reviste la pasión que por la igualdad sienten las masas que no tienen ningún acceso a ella” (Medina, 1995: 73).
En el mundo contemporáneo es difícil sobresalir en la vida, por eso
los tifossi delegan en las estrellas del equipo su ilusión de éxito. Cada
victoria del equipo es una victoria del fanático, de su cultura y de su
patria, en forma mimética se comparte la victoria y la derrota. La
lealtad del aficionado se compensa al ostentar con vanidad el triunfo
del equipo. Otras veces exige soportar las burlas y las agresiones ante la derrota. La relación del aficionado con su equipo una especie de relación amorosa entre “el eros y el tanatos, el amor y la muerte se expresan en la cancha. En el subcódigo erótico el gol es como un
coito…” (Medina, 1995: 91). Parte del ritual futbolístico consiste en
marchar colectivamente al estadio. A medida que se estrecha el
camino y crecer la afluencia, el grupo de tifossi tiene una profunda
vivencia cultural, se transforma en una muchedumbre que vibra al
unísono con un poderoso sentimiento de masa proclive al estallido.

8. BRAVAS LAS BARRAS
A inicios de la década de los ochentas los fanáticos al fútbol vivieron
una profunda transformación en Brasil y en Chile. En el entorno
urbano brasileño los hinchas se agruparon en organizaciones
burocratizadas listas para combatir o “torcidas”. Se ha asociado el
crecimiento de las barras bravas con el incremento de la violencia.
Una clave de la agresividad en el fútbol inglés es que el alcohol y el
fútbol son culturalmente inseparables, La propia lógica del juego de
fútbol actúa como vector de la agresividad de los aficionados. Su
poder de estimular las emociones explica la atracción del aficionado
hacia este deporte. Como lo confirma el testimonio de un adolescente aficionado: “Es por la atmósfera que asistimos. Tu tienes que detener el fútbol para detener la violencia” (Roadburg, 1980: 274).
En Chile como después en México, las directivas de los equipos
estimularon la creación de barras bravas al estilo argentino, que
agregaban la agresión verbal masiva al empleo de cánticos y banderas.
La prensa recibió con beneplácito su espectacularidad y justificó su
conducta violenta. A diferencia de los viejos fanáticos localistas y
parroquiales, las nuevas barras ostentan elementos lúdicos y
simbólicos propios de la sociedad de consumo como logos y prendas
deportivas de marca.
Los tifossi también se preparan para los choque físicos contra sus
rivales. Conceptos militares como tácticas, estrategias, línea de
combate y pelotón forman parte de su discurso cotidiano. “La
emergencia de las barras bravas representó la militarización del hicha del fútbol” (Duke y Crolley, 1996: 107).
El fútbol-espectáculo contemporáneo expande y festeja la agresividad de los fanáticos. El ejercicio de la violencia ha transformado a las barras en corporaciones amafiadas cuyo dirigente es una especie de “capo”. Que vende seguridad a quien la necesite y pueda pagar, como
a los dirigentes de la federación o los candidatos municipales. La
práctica de la violencia se ha convertido en una lucrativa fuente de
ingresos.
Los actos violentos de las barras llegan a poner en riesgo las
inversiones de los dueños del equipo. Entre mayor sea la agresividad
de una barra más se cotizan en el mercado, “a mayor posibilidad de
peligro más dinero hay que pagar para conseguir más policías”
(Ferreiro, 1993: 68-69).

9. MEDIOS Y VIOLENCIA
El fútbol es un espectáculo porque permite emitir y recibir mensaje,
elaborar signos y símbolos y concentrar emociones. No sólo los
jugadores son actores en el foro del estadio, los espectadores también
lo son porque forman el coro que los glorifica o humilla. El foro del
fútbol va más allá del estadio, se constituye también con la audiencia
que lo sigue en la prensa, la radio y el televisor. Cuando se obtiene un gran triunfo el coro se torna multitudinario pues incluye hasta los
ausentes en el estadio. “Estas celebraciones son, dicho sea de paso, tan parte del espectáculo como la caída teatral para motivar, en nuestro ejemplo, un penal” (Antezana, 2003: 87-88).
Dirigentes de barras bravas y torcidas atribuyen el incremento de la
violencia a dos factores, el primero es la influencia de los medios y el
segundo la agresividad entre jugadores propia del fútbol. Los hinchas anhelan aparecer televisión o lograr una nota en el periódico sin importar que los presenten de manera negativa, pues de todos modos se refuerza su “identidad-tifossi”. Cuando la televisión difunde imágenes de sus conductas violentas les otorga el reconocimiento en el barrio, los convierte en estrellas ante sus novias y amigas.
Ante la aguda mercantilización del fútbol como espectáculo, los
comentaristas que sustentaban sus juicios con su experiencia práctica y analítica fueron desplazados por periodistas pasionales proclives a dar credibilidad y legitimidad a sus opiniones en base sus estridentes afectos y odios. Esos reporteros apasionados incitan a los fanáticos para imponer la condición de local a cualquier costo. La promoción artificial de las barras bravas por parte de las directivas de los clubes, las carencias generalizadas y el vacío en las sociedades latinoamericanas ha sido el caldo de cultivo de la virulencia en los estadios. Cual aprendiz de brujo, dicho sector de la prensa contribuyó a desatar fuerzas ocultas imposibles de controlar (Santa Cruz, 2003:
209).
La convivencia con imágenes repetitivas de agresiones por televisión genera temor. Según Jean Baudillard (1990) lo social ha muerto y fue sustituido por una saturación de información mediática que nos torna indiferentes ante lo que ocurre a los demás. Caemos en una vorágine de violencia, devoramos con morbo las imágenes de la violencia en espera de ser victimas o victimarios. “La prensa en vez de colaborar y querer saber cuales son los puntos para tener una solución, prefiere vender una imagen, vender un periódico” (Máximo, 2003: 45).

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Publicado el 28 marzo, 2014 en deporte, educación, gobierno, Historia, Reflexion, sociedad, Uncategorized y etiquetado en , . Guarda el enlace permanente. Deja un comentario.

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